Conocí a Javier Moro gracias a un regalo de cumpleaños: Pasión India y El sari rojo. Desde siempre me habían fascinado las novelas históricas, y la India me despertaba esa dualidad entre lo exótico y lo doloroso. Sin embargo, sus libros me cambiaron la mirada: me mostraron un país vibrante, lleno de matices, que aprendí a admirar.
Tanto me cautivó, que había planeado viajar a la India en octubre. Pero la vida me hizo elegir: ¿mi libro o el viaje? Y me quedé con lo primero, porque además de mis hijos de carne y hueso y de la memoria de Alberto, mi esposo, también me debo a mis otros “hijos”: mis libros. Así que la India tendrá que esperar, pero la escritura no.
Los libros de Javier Moro me han acompañado en muchos trayectos y me han regalado algo invaluable: fotografías mentales que aún hoy conservo. Con El imperio eres tú, podía sentir la humedad del trópico y oler lo que Pedro I experimentó al llegar a Brasil. En Senderos de libertad, caminé de la mano de Chico Mendes por la selva amazónica. Y con A flor de piel… todavía se me eriza la piel al recordarla. Quizás porque soy madre, romántica y profundamente sensible a la historia de Isabel Zendal y de sus niños huérfanos, y su valentía en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.
Cuando empecé a dar mis primeros pasos como escritora, me hice una pregunta: ¿cómo quiero escribir? Y la respuesta fue clara: quiero transmitir como lo hace Javier Moro. Aunque escribir como él sería demasiada pretensión, pero aspirar a emocionar como él emociona, ese sí es mi sueño.