La vida de una mujer ejecutiva y su refugio en los viajes, la soledad y la lectura.

Viajar por trabajo puede sonar emocionante: nuevas ciudades, culturas diferentes, reuniones importantes, adrenalina en cada agenda. Pero detrás de esa vida de aeropuertos, hoteles oficinas y restaurantes, también se esconde un mundo que puede sentirse solitario y agotador.

Como mujer ejecutiva en una multinacional, mi día a día estaba lleno de “deadlines”, planes estratégicos, emails, llamadas y presentaciones impecables, aunque apenas hubiera dormido unas horas. Había que estar siempre lista: la voz firme, las palabras precisas, la imagen perfecta. Pero Y aun así, había algo que me sostenía: mis dos válvulas de escape.

La vida de una mujer ejecutiva

La primera era el ejercicio, mi momento sagrado para recargar el cuerpo. La segunda, y quizás la más importante, era la lectura. Ese libro que siempre me acompañaba en el gate del aeropuerto, en el carreteo y elevada del avión, en el silencio de un restaurante, o en la soledad de una habitación de hotel. Ese compañero fiel que me transportaba a otros mundos y me devolvía la claridad mental después de un día caótico.

No siempre fui lectora. De hecho, en la adolescencia sobreviví a los clásicos con “copialinas” de mis amigos. Pero fue en medio del vértigo corporativo cuando descubrí que leer era un refugio. Un salvavidas que me sacaba del ruido y me devolvía a mí misma.

Lo que el ejercicio hacía por mi cuerpo, la lectura lo hacía por mi mente. Así descubrí a Allende, a Vargas Llosa, a Harari, a Atwood, a García Márquez… y muchos más. Cada uno me regaló aire fresco para seguir adelante.

Nunca imaginé que un día pasaría de ser lectora a ser escritora. Y aquí estoy, contando mi propia historia.