Hoy recibí flores. Un hermoso ramo, delicadamente empacado en una caja que decía “Plazoleta”. El regalo venía de unos niños —o quizá de sus papás— que quisieron agradecerme un gesto que para mí no esperaba recompensa. ¡Qué grata sorpresa!
Después de más de 35 años trabajando en la industria de las flores —desde su producción y logística hasta la hibridación y promoción— cualquiera pensaría que ya me habría acostumbrado a recibirlas. Pero no. Las flores nunca dejan de emocionarme. Siempre me hacen sentir querida, especial y profundamente feliz.
Ese día abrí la caja con la misma ilusión que si fueran mis primeras flores en 66 años de vida. Aunque conocía el cultivo y sabía lo que podía encontrar, la expectativa me llenaba el alma. ¿Serían alstroemerias? ¿Limoniums? ¿Solidagos? ¿O quizá bocas de dragón?
Las flores tienen ese poder: apasionan, despiertan emociones y hablan un lenguaje universal. No es casualidad que aparezcan en cuadros, canciones, vestidos y celebraciones. Desde tiempos prehistóricos, cuando anunciaban tierras fértiles y estaciones propicias, hasta hoy, donde siguen siendo protagonistas en bodas, reuniones solemnes o simples rincones de casa, siempre han sido símbolo de vida y esperanza.
Y no es solo intuición: estudios científicos lo confirman. Las flores generan efectos positivos en nuestra mente, siempre nos regalan una sonrisa, evocan recuerdos, despiertan sensaciones de amistad, de amor, nos brindan consuelo, nos hacen más asequibles, más creativos y nos dan paz y felicidad.
Para mí, las flores son un lenguaje emocional que conecta lo más profundo del ser humano. Ese día, una caja con flores fue suficiente para recordarme lo simple y poderoso que puede ser un gesto. Gracias, a todas las flores, por hacerme tan feliz.