Del “swing imposible” a la ilusión en el golf

Cuando era joven, el golf me parecía tan lejano como la galaxia de Andrómeda. No existía en mi mundo. Fue gracias a Alberto, mi esposo, que conocí ese deporte. Primero lo acompañaba de espectadora en la universidad, luego en nuestra luna de miel me animé a intentar un golpe. Y descubrí que no era tan sencillo como parecía.

El famoso swing parecía una coreografía imposible: mantener el grip, doblar rodillas, girar el cuerpo, distribuir el peso… todo en segundos, sin perder de vista la bola. “Después lo harás sin pensar”, me decía Alberto. Yo sonreía incrédula.

Al llegar a Bogotá, él fue tajante: —Usted, tiene dos opciones: o juega golf, o será viuda del golf. Y claro, el término “viuda” no me gustó nada. Así que me lancé. Tomé clases, practiqué, y aunque nunca perfeccioné el swing, lo importante era lo que ganaba: compartir con mi familia, conectar con la naturaleza y, sobre todo, conmigo misma.

Del “swing imposible” a la ilusión en el golf

El golf me regalaba paz, alegría y ese baño verde que en Japón llaman Shinrin-yoku: caminar entre árboles para sanar cuerpo y mente.

Hoy, siendo viuda de verdad, espero con ilusión cada clínica de golf semanal. Allí encontré un espacio de amistad, energía renovada y, sobre todo, la certeza de que mi única competencia soy yo misma.

El golf me devolvió algo que no esperaba: una nueva ilusión en la vida.