Un cuadro, una vida entera

En el comedor de mi casa cuelga un cuadro que pinté en 1993 como regalo para Alberto, mi esposo. Fue en una etapa donde mi vida giraba entre ser mamá y sentirme atrapada entre la culpa y el deseo de realización profesional.

Si trabajaba, me sentía culpable por no estar con mis hijos. Si me dedicaba solo a la maternidad, me atormentaba pensar: ¿para qué estudié en la universidad? ¿No era para ser independiente y aportar? Vivía dividida y, muchas veces, sintiendo que no daba el 100% ni a mi familia ni a mí misma.

María Lourdes Reyes

La pintura fue entonces mi refugio, mi intento de equilibrio. Incluso me ofrecieron comprar ese cuadro, pero nunca lo vendí. Y menos ahora. Una de las flores blancas la pintó Alberto con sus propias manos, y eso lo convirtió en un tesoro irremplazable.

Ese cuadro no es una obra para exponer ni vender. Es el testimonio de una etapa de mi vida, del amor que nos unió y de la huella imborrable de Alberto. Un recordatorio diario de que, al final, los verdaderos tesoros no están en lo que el mundo ve, sino en lo que guardamos en el corazón.